Por qué no me gusta San Valentín

No me gusta San Valentín. Más allá del amor romántico y normativo y de los estereotipos y roles tradicionales, no me gusta San Valentín porque no me gusta que el mundo capitalista-patriarcal en el que vivimos imponga los días que debo amar, los momentos en los que está bien que ame. No es solo San Valentín, este día es algo simbólico, una pequeña muestra de algo que pasa el resto del año.

Cada día del año el mundo capitalista-patriarcal en el que vivimos me dice qué días puedo amar y cuáles no y a qué hora del día puedo empezar a amar. A veces, a las 17:38 de la tarde me entran unas ganas terribles de amar, de abrazar, pero el mundo capitalista-patriarcal me quiere trabajando, produciendo para otros. Otras, cuando llego a las 12:30 de la noche a casa no me apetece amar porque solo necesito comer algo e irme a dormir, pero el mundo capitalista-patriarcal me advierte de que es el único rato que me dejará libre para amar. Si no lo tomas, no sabes cuándo tendrás otro momento. Y no me refiero solo al amor que damos a otros. También del amor y el cariño a una misma. El mundo capitalista-patriarcal en el que vivimos establece el momento en el que podré darme cariño, en el que podré dar y recibir cariño.

Lo personal es político. El amor es político. Y hacer política desde el amor consiste en romper las barreras de cuándo puedo y cuándo no puedo amar. Aquello de “feminizar la política” que se escucha tanto últimamente está relacionado precisamente con eso, con poner en el centro de la vida, de las agendas, el amor, el cuidado a nosotras y a otros. Por eso cuando a las 17:38 de la tarde me entran ganas de amar, de dar o recibir cariño, hago un acto subversivo sin que nadie se de cuenta y me levanto de la silla y me tomo un té o un café. Y lo saboreo lentamente, disfrutándolo. Porque negarme el amor cuando lo necesito me anula, me tensa y estresa.

Por eso no es que no me guste San Valentín, es que quiero tener el poder de decidir, al menos, cuando amo y cuando no. El control consciente sobre un área de mi vida vida tan vital como el amor.

Alina Zarekaite

Alina Zarekaite

Por encima de nuestros cuerpos. Sobre maternidad subrogada

Ayer Ciudadanos organizó un acto sobre la maternidad subrogada. Aunque a ellos y sus defensores les gusta más llamarlo “gestación subrogada”, supongo que si ocultas al sujeto –en este caso una mujer– que ejerce la acción –en este caso quedarse embarazada– es mucho más sencillo moral y discursivamente. Hablar de “subrogar la gestación” queda mucho mejor que hablar de “subrogar la maternidad”, así distraes la atención de lo verdaderamente importante: la mujer.

Del discurso de Albert Rivera rescato estos tres titulares difundidos en Twitter:

“El objeto de este gran debate son los niños, ellos son los protagonistas; hagámoslo por ellos” #GestaciónSubrogada

“No es justo que lo más bonito de la vida, ser padre o madre, dependa del dinero de tu cuenta corriente” #GestaciónSubrogada

“Debemos ser un país pionero y moderno, debemos adaptar la legislación a la realidad de la sociedad” #GestaciónSubrogada

rivera-maternidad-subrogada

Empiezo por el final, cuando Rivera habla de “adaptar la legislación a la realidad de la sociedad” me pregunto para qué sociedad habla y doy por hecho que en su concepto de sociedad no entran la mayoría de las mujeres. Si ser “un país moderno” significa avanzar hacia la legalización de la explotación de los cuerpos de las mujeres, discúlpenme, pero no comparto su concepto de modernización. Y hablo de explotación porque aceptar que las mujeres pueden convertirse en personas que gestan para otras, es decir, en herramientas, y aceptarlo a nivel institucional, es aceptar el liberalismo económico más salvaje.

Sobre que “no es justo que lo más bonito de la vida dependa del dinero de tu cuenta corriente” (argumento utilizado para defender la maternidad subrogada de forma voluntaria), le diré que menos justo aún es que la satisfacción de sus deseos individuales pase por encima de los cuerpos de las mujeres. Argumentar que la maternidad-paternidad es un derecho es completamente erróneo, la maternidad-paternidad puede ser un deseo, pero nunca un derecho inalienable que justifique el uso del cuerpo de otra persona.

La primera frase es paradójica. Rivera dice que “el objeto del debate son los niños” y que debemos hacerlo “por ellos”. Sin embargo, si lo realmente importante fueran los niños podrían esforzarse y emplear su tiempo en luchar por facilitar los procesos de adopción y que les permitan adoptar a más niñas y niños que lo necesitan. En ese caso sí lo estarían haciendo por ellos -por los niños-. Estos, sin embargo, ni si quiera existen. En este caso, todo gira en torno a la realización egoísta de un deseo individual que es la maternidad-paternidad y, a poder ser, con sus propios genes.

Defender la fórmula de “voluntariedad” para hacer la maternidad subrogada más amable y facilitar su aceptación es una estrategia que abre la veda para que cualquier mujer pueda ser extorsionada para quedarse embarazada o retribuida igualmente “en negro” bajo el amparo institucional. La fórmula voluntaria no cambia el fondo: que admitamos que los cuerpos de las mujeres son susceptibles de ser usados como herramientas para satisfacer las necesidades de otros.

Somos vendibles, intercambiables y usables de mil y una formas. Nuestro cuerpo casi nunca está a nuestro propio servicio y siempre al de los demás. Nosotras no podemos disponer libremente de nuestros cuerpos, pero los demás siempre están intentado legislar para poder usarlo/nos. En este debate también han tenido en cuenta eso, admito su inteligencia al decir que la legalización de la maternidad subrogada es una forma de defender la libertad de elección de las mujeres sobre sus cuerpos. Debería llamarnos la atención que sean justo estos partidos –PP y Ciudadanos– los que utilicen la libertad de elección de las mujeres para la maternidad subrogada, pero que frente a cuestiones tradicionalmente reclamadas por el feminismo, como el aborto, se les olvide. Al PP la libertad de decisión de las mujeres hasta le costó un ministro.

Nuestra libertad de decisión, perdónenme, les importa un bledo.

La buena madre que sabía fingir

Leyendo las críticas a Samanta Villar por su libro sobre la maternidad podría decir que me sorprendo, pero lamentablemente no. Las feministas ya sabemos de qué va la historia. El discurso dominante sobre la maternidad se basa en exaltatar la función de madre, sacralizarla y dibujar a todas las mujeres sobre la tierra como madres en potencia y como seres incompletos que alcanzarán la madured y plenitud cuando alumbren a su bebé. El discurso dominante sobre la maternidad dice cómo debe sentirse una mujer cuando es madre y entre las opciones no se encuentra sentirse desdichada, menos o igual de feliz que lo eras antes o, como decía Villar, sentir que la maternidad “te resta calidad de vida”.

Y es que, como explica Beatriz Gimeno, de una experiencia tan crucial como es la maternidad, crucial como cambio de tu rutina, de tu vida entera, del tiempo que tienes para dedicar a los demás y a ti misma, es llamativo que no existan apenas voces discordantes que hablen de forma diferente sobre ello. En el libro Madres Arrepentidas de Orna Donath, la socióloga se entrevistó con mujeres que hablaban sin tapujos sobre su vivencia como madres desde el arrepentimiento y, por tanto, desde el tabú y la incomprensión. La autora explicaba que todas esas mujeres se sentían “culpables, delincuentes emocionales, como si rompieran las leyes de los sentimientos”. Un padre que abandona a sus hijos es “un cabrón”, una madre que abandona a sus hijos es un monstruo, es decir, un “no ser” de este mundo, porque la mujer no madre o mujer no amante de sus criaturas no está concebida como ser existente.

Sin embargo, Samanta ni siquiera ha dicho sentirse arrepentida o no amar a sus hijos, solo ha reconocido algo que incluso todas las que no hemos sido madres pero hemos vivido de cerca la experiencia junto a otras mujeres hemos podido comprobar: que tu vida cambia desde el minuto uno. Lo que ha hecho Samanta es reconocer que ese gran cambio no es necesariamente a mejor, sino que puede ser a peor en muchos aspectos.

El discurso único se revolvió y es cuando se revuelve cuando se hace patente. Leía en un comentario a una mujer que decía en defensa de las críticas: “que cada mujer lo sienta como sea” seguido de un “pero no soy capaz de entender a Samanta”. Eso es precisamente por lo que luchamos las feministas, porque cada mujer pueda vivir su vida y su maternidad o no maternidad como desee sin enfrentarse a un aluvión incesante de críticas por ello. Destruir el discurso único.

Otros, en cambio, le decían “me gustaría ver la cara de tus hijos cuando lean las maravillas que has escrito sobre ellos”. Probablemente los hijos de Samanta y de todas las mujeres que hablan con franqueza de lo bueno y malo de esa vivencia crecerán dotados de esa capacidad crítica, y podrán formarse como personas que elegirán ser o no madres de forma consciente y, seguro, muchísimo más responsable. En el libro de Donaht una de las mujeres entrevistadas dice: “¿Qué clase de madre sería si no le dijera a mi hija la verdad sobre la maternidad y colaborase con la sociedad en perpetuar esas imágenes?”

Es cuanto menos curioso que todas esas personas piensen que sentirte desdichada o no de acuerdo con el discurso único y ocultárselo a tus hijas para perpetuar esas ideas sea “de buena madre”. Parece que la buena madre no es la que se siente más afortunada, sino la que sabe fingirlo mejor.

De aliados feministas

Recurrente tema, ¿los hombres pueden ser feministas o debemos categorizarlos como “aliados feministas”? Personalmente me enteré tarde de la polémica, siempre he llamado “feministas” a aquellos que se sentían como tal y en su hacer y pensar diario han manifestado serlo. Pocos, debo admitir, pero existentes.

Pero no está tan claro y no me canso de leer comentarios sobre la crucial necesidad de determinar si los hombres son una u otra cosa. Entiendo el debate. Aquellas que se posicionan del lado de llamar a los hombres “aliados feministas” entienden que el feminismo es nuestra lucha, de las mujeres, y somos nosotras las que debemos encabezarla y ellos, por lo tanto, deben adoptar un papel secundario, apoyándonos, pero en la sombra.

Estoy de acuerdo. Escribí hace tiempo sobre la presencia de hombres en espacios feministas a raíz de una vivencia personal dentro de una asamblea. Si bien considero fundamental que los hombres formen parte del feminismo, creo que el protagonismo en este ámbito no les pertenece. Es muy habitual en las asambleas ver cómo los hombres toman la palabra por encima de las mujeres, algo lógico, puesto que su propio proceso de socialización les ha empujado a desenvolverse mejor en público, a tomar el espacio y poseerlo. Nosotras, en cambio, crecemos aprendiendo a ocupar poco, a no molestar, a callar. Por ello se hacen necesarios los tan polémicos espacios no mixtos en los que las mujeres puedan construir y pensarse entre iguales, espacios de confianza.

Además, muchas hemos vivido de forma demasiado repetida cómo hombres han hecho uso del feminismo para integrarse en estos espacios o acercarse a mujeres feministas y después dinamitarlo todo, quitarse la máscara y mostrar su verdadera cara, poco o nada cercana al feminismo. Las feministas que defienden el apelativo “aliados” explican que los hombres que están verdaderamente comprometidos no se ofenden por el término que usemos para designarles, sin embargo, los primeros, lo sienten a menudo como un ataque.

El hombres feministas vs. hombres aliados feministas es una batalla lingüística y terminológica, lo cual tiene importancia, nos pensamos desde el lenguaje, por lo tanto no es poca cosa elegir los términos que queremos usar. Lo cierto es que conozco a pocos hombres feministas -siempre me he referido a ellos como feministas a secas-. Hay hombres con mayor o menor sensibilidad o empatía para entender nuestras luchas, pero hombres feministas como tal, que de verdad hagan un ejercicio de deconstrucción de su masculinidad y escuchen a las mujeres feministas antes de imponer sus opiniones como verdades absolutas, conozco a pocos. Muy, muy pocos. En ese sentido, me parece comprensible el uso del “aliados”.

Sin embargo, ¿dónde ponemos el límite? ¿Quiénes pueden acceder a la categoría de aliado y quiénes a la de feminista? ¿Cualquier cuerpo que hoy es leído como cuerpo masculino es automáticamente considerado aliado? ¿Aceptamos la invariabilidad masculino-femenino?

A raíz de la Womens March leí en Twitter un hilo sobre una pancarta portada por un hombre en la que se leía “los hombres de verdad son feministas” y el debate surgido posteriormente en torno al tema aliado-feminista. Una persona preguntaba ¿qué pasa con las personas LGTB, negras, con diversidad funcional que acudían a la marcha? A lo que le respondieron que ellas sí podían acudir porque alzaban la voz contra su propia opresión o situación de desigualdad. Por lo tanto, ¿para quién es el apelativo de aliado? ¿Solo para los hombres blancos heterosexuales? ¿Y podemos presuponer en cualquier debate que todo hombre que se autodenomina feminista cumple con esas tres características? ¿Podemos presuponer que el hombre que portaba la pancarta lo era? Es decir, ¿si se trata de un hombre atravesado por alguna variable por la que también lucha el feminismo, una persona trans u homosexual, por ejemplo, entonces sí puede ser hombre y autoproclamarse feminista? ¿O solo pueden ser feministas los cuerpos leídos biológicamente como mujer? ¿Y si te lees psíquicamente como mujer pero tienes pene? ¿O viceversa? ¿O no te defines como mujer u hombre pero físicamente eres leída como hombre socialmente?

La imagen de la discordia en Twitter

La imagen de la discordia en Twitter

En este tema se suele recurrir a la famosa frase de Kelley Temple: “Los hombres que quieren ser feministas no necesitan que se les dé un espacio en el feminismo. Necesitan coger el espacio que tienen en la sociedad y hacerlo feminista”. Está claro, las mujeres feministas no tenemos que poner una alfombra roja y pedir a los hombres que se unan al club, si eres hombre y eres o quieres ser feminista, debes vivir tu día a día desde el feminismo y cuestionarte a ti mismo antes que al resto de feministas. Si eres hombre y te consideras feminista, pregúntate qué significa para ti ser feminista, si ves más allá de la igualdad formal y la brecha de género, si reconoces la desigualdad y la opresión que se cuela por las rendijas y se resbala de las manos, repiensa tu papel, tu actitud, tu discurso y tus formas. Acepta y enfréntate a la idea de que por ser hombre eres poseedor de una serie de privilegios, no es tu culpa tenerlos, pero los tienes, deconstruye tu identidad desde ahí y escucha a las mujeres feministas que te rodean.

El uso del aliado me parece útil como denuncia, como una forma de decir: “eh tú, hombre, esta es mi lucha, no monopolices el espacio, escucha antes de hablar. Ya posees el resto de espacios, este me pertenece”. Y está bien. Pero su uso me parece reduccionista y una etiqueta que entraña dudas y traslada continuamente el debate a un plano que nos aleja de lo crucial.

El príncipe sin guion

Anita Botwin explica en Pikara Magazine la presión y angustia que sentimos las mujeres -ella en este caso- cuando nos diagnostican una enfermedad crónica ante la idea de no encontrar el amor, de no ser merecedora de alguien que te quiera y te cuide. El autocastigo constante en forma de frases y preguntas destructivas: “¿quién me va a querer siendo así?” Y la consiguiente auto-respuesta: “nadie, es imposible”.

La presión por encontrar el amor, a esa persona que nos ama está dentro de nosotras. El miedo a no ser suficiente, a no ser queridas. A estar solas. No hay nada peor que una mujer que se queda sola. Y una mujer sin un hombre al lado siempre es una mujer que está sola.

Existen circustancias, como la mencionada por Anita, el tener una enfermedad, que agravan esa percepción: la de convertirnos en seres no queribles. Mujeres fuera del mercado. Sin embargo, ese miedo está dentro de todas nosotras, latente, unas veces más fuerte, otras menos, independientemente de nuestras circunstancias.

He escuchado en numerosas ocasiones a mujeres mayores decirle a otras más jóvenes con novios que cumplen con el prototipo del “buen chico”: “cuídale, a ver quién encuentra a otro así”. En otras palabras: amárrale que parece que este es bueno.

Ahí van dos ideas. 1. Los hombres son malos, los concebimos como seres de naturaleza violenta que destrozarán nuestro corazón en cuanto nos despistemos. Dar con uno “bueno” es díficil.  2. No hay peor mal para una mujer que no ser amada y estar sola, así que en cuanto aparezca uno que más o menos se ajusta a lo esperado, atále en corto y fuerte. Que no se vaya.

Es un arma de doble filo. Mientras nos encontremos sin pareja debemos esforzarnos por encontrarla. Pero es una tarea díficil, ya que, aunque hay muchos hombres, la gran mayoría son seres despreciables que nos harán daño. Pero si te esfuerzas mucho algún día aparecerá él, él es el hombre bueno que te hará feliz. Cuando lo consigas (para que lo entendamos, es como cazar un pokémon), tendrás que guardarlo a buen recaudo porque 1. si descubre lo loca y pesada que eres se marchará, 2. hay muchas depredadoras acechando, no pierdas de vista a las demás mujeres, que son tus enemigas y 3. como le pierdas será tu culpa por no haberle cuidado lo suficiente, te quedarás sola y es muy probable que no aparezca otro y eso te convertirá en una mujer amargada y triste.

Pero al mismo tiempo que nos dicen que todos los hombres son malos y solo hay unos buenos, nos convencen de que esos pocos buenos son príncipes, hombres perfectos, una suerte de la naturaleza: atentos, honrados, sinceros, románticos, buenos compañeros y amigos, mejores amantes.

Las mujeres nos creamos así unas expectativas díficilmente alcanzables: el hombre que nos hará felices deberá cumplir con todos esos supuestos. No hay grises: están los príncipes y los villanos. Y caer en las manos de uno u otro depende solo de ti. Tú serás la culpable si algo sale mal y no das con el adecuado.

Qué difícil que las mujeres nos sintamos plenas. Para hacerlo debemos encontrar el amor (algo que no depende de nosotras, ni de nadie) y encontrar a un hombre que no existe. Porque mientras a nosotras nos dicen que nuestro hombre ideal debe cumplir con todas esas características, a ellos los educan para lo contrario: para ser cerrados, no mostrar su lado sensible y romántico.

Así pasamos la vida no siendo del todo felices, en busca de un amor ideal que no existe. Y nos enmbarcamos en relaciones que no nos llenan plenamente, y no pueden hacerlo, porque nunca cumplirán con las expectativas que nos han creado y hemos asumido. Generamos conflictos con nosotras mismas y con nuestros compañeros. “¿Por qué no eres lo que me había prometido el mundo que serías? ¿Dónde está mi príncipe?” Y el príncipe, que no sabía que lo era, se da cuenta, de repente, como deslumbrado por los focos, que se encuentra dentro de una obra de teatro, pero nadie le había pasado el guion.