La buena madre que sabía fingir

Leyendo las críticas a Samanta Villar por su libro sobre la maternidad podría decir que me sorprendo, pero lamentablemente no. Las feministas ya sabemos de qué va la historia. El discurso dominante sobre la maternidad se basa en exaltatar la función de madre, sacralizarla y dibujar a todas las mujeres sobre la tierra como madres en potencia y como seres incompletos que alcanzarán la madured y plenitud cuando alumbren a su bebé. El discurso dominante sobre la maternidad dice cómo debe sentirse una mujer cuando es madre y entre las opciones no se encuentra sentirse desdichada, menos o igual de feliz que lo eras antes o, como decía Villar, sentir que la maternidad “te resta calidad de vida”.

Y es que, como explica Beatriz Gimeno, de una experiencia tan crucial como es la maternidad, crucial como cambio de tu rutina, de tu vida entera, del tiempo que tienes para dedicar a los demás y a ti misma, es llamativo que no existan apenas voces discordantes que hablen de forma diferente sobre ello. En el libro Madres Arrepentidas de Orna Donath, la socióloga se entrevistó con mujeres que hablaban sin tapujos sobre su vivencia como madres desde el arrepentimiento y, por tanto, desde el tabú y la incomprensión. La autora explicaba que todas esas mujeres se sentían “culpables, delincuentes emocionales, como si rompieran las leyes de los sentimientos”. Un padre que abandona a sus hijos es “un cabrón”, una madre que abandona a sus hijos es un monstruo, es decir, un “no ser” de este mundo, porque la mujer no madre o mujer no amante de sus criaturas no está concebida como ser existente.

Sin embargo, Samanta ni siquiera ha dicho sentirse arrepentida o no amar a sus hijos, solo ha reconocido algo que incluso todas las que no hemos sido madres pero hemos vivido de cerca la experiencia junto a otras mujeres hemos podido comprobar: que tu vida cambia desde el minuto uno. Lo que ha hecho Samanta es reconocer que ese gran cambio no es necesariamente a mejor, sino que puede ser a peor en muchos aspectos.

El discurso único se revolvió y es cuando se revuelve cuando se hace patente. Leía en un comentario a una mujer que decía en defensa de las críticas: “que cada mujer lo sienta como sea” seguido de un “pero no soy capaz de entender a Samanta”. Eso es precisamente por lo que luchamos las feministas, porque cada mujer pueda vivir su vida y su maternidad o no maternidad como desee sin enfrentarse a un aluvión incesante de críticas por ello. Destruir el discurso único.

Otros, en cambio, le decían “me gustaría ver la cara de tus hijos cuando lean las maravillas que has escrito sobre ellos”. Probablemente los hijos de Samanta y de todas las mujeres que hablan con franqueza de lo bueno y malo de esa vivencia crecerán dotados de esa capacidad crítica, y podrán formarse como personas que elegirán ser o no madres de forma consciente y, seguro, muchísimo más responsable. En el libro de Donaht una de las mujeres entrevistadas dice: “¿Qué clase de madre sería si no le dijera a mi hija la verdad sobre la maternidad y colaborase con la sociedad en perpetuar esas imágenes?”

Es cuanto menos curioso que todas esas personas piensen que sentirte desdichada o no de acuerdo con el discurso único y ocultárselo a tus hijas para perpetuar esas ideas sea “de buena madre”. Parece que la buena madre no es la que se siente más afortunada, sino la que sabe fingirlo mejor.

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